Charlie y su camino a Santiago
Hi Madrid ha querido introducir una sección nueva. A partir de este número vamos a publicar los viajes de nuestros ciudadanos hayan hecho recientemente que a lugares interesantes, tanto cercanos como exóticos y lejanos pero que valgan la pena ser contados. Para este primer rincón del viajero hemos tenido la suerte de poder contar con la colaboración de Cathal Mohanaghan (también conocido como Charlie) quien realizó el camino a Santiago en bicicleta y muy amablemente ha querido contarnos a través de su diario las anécdotas y vivencias de este hermoso viaje que realizó hace pocas semanas a finales del verano que acaba de de dejarnos. El viaje comienza una madrugada del veintidós de agosto del 2009. Espero que les guste.
22-08-09
Madrid – Pamplona – Roncesvalles
6 am, comienzo. La logística de llevar una bicicleta en un autobús en España puede llegar a ser un poco complicado. Me encuentro en la estación de autobuses a punto de partir. Observo a tres alemanas en la cola. Tienen pinta de estar en muy buena forma física y listas para dar guerra. Cambiamos de bus en Soria y veo a dos madrileños con dos bicis que tienen hasta un cierto parecido con sus amos. Nos ayudamos mutuamente con la idea de nuestro destino en común. Tres bicis de diferentes tipos de tamaños, colores y formas, más o menos comos sus dueños. A medida que avanza el bus mi mirada se escapa al horizonte para contemplar los campos de girasoles que iluminan el paisaje una vez pasadas el infausto paisaje de las obras de la autopista. Es el segundo bus del día y también éste es conducido por una conductora. No sé como, pero terminamos en un polígono industrial preguntando por indicaciones a un conductor en una furgoneta bastante maltrecha que se nota que ha visto días mejores. Esta anécdota provoca alguna que otra sonrisa en los demás pasajeros. Yo lo veo como una señal positiva para mi viaje, explorar un poco siempre es positivo para el alma, lo alimenta y lo lleva hacia adelante.
Alivia bastante ir dejando atrás el horno sofocante del verano madrileño e ir hacia los climas más templados del norte de España. Mis pulmones se están flexionando y absorbiendo este nuevo aire fresco, hasta dentro de un bus ya se nota la diferencia. La música que tanto me estaba relajando de golpe se ve interrumpida por la conversación entre una madre y su hija quinceañera. La madre está sentada justo detrás de mí y la hija a su lado teniendo una conversación animada por el móvil de la muchacha. Puedo haber dejado el calor de Madrid detrás pero sigo en España, ¿Porqué hablar cuando se puede gritar? La conversación no tiene desperdicio y algunas cosas que oigo provocan una sonrisa cómplice en el niño interior que llevo. Durante las dos siguientes semanas voy sin un plan fijo. Cada día despertaré sin un destino fijo en mente. Pedalearé los kilómetros que pueda hasta que llegue a una ciudad o un pueblo que me llamé la atención donde pueda reposar. Tengo ante una mí a una sensación de libertad, cada día mi única obligación es pedalear hasta donde mis piernas me lleven sin más sustentos que algo de alimento, agua y crema solar. Este viaje para encontrarme a mí mismo promete.
Hay una mujer sentada al lado mío que me informa que ya realizó parte del trayecto el año pasado. Me comenta acerca de una misa de peregrinos en Roncesvalles esa tarde noche, mi primera reacción siendo evasiva, estoy a punto de informarle que no soy un tipo religioso pero me muerdo la lengua a tiempo. La curiosidad y la emoción me empiezan a dominar a la vez que el bus serpentea por las montañas de color de corcho a medida que nos vamos aproximando a Roncesvalles. Por lo general suelto evitar hacerme grandes expectativas al comenzar algo; me ahorra decepciones posteriores. Ha sido un día largo en el bus y tras estar sentado tanto tiempo sin mover un músculo no veo el momento de bajarme y ponerme a pedalear.
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